martes, 22 de marzo de 2016

CARTA ABIERTA DE LOS ACADÉMICOS Y LOS EDUCADORES AL SEÑOR PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA DE COLOMBIA, JUAN MANUEL SANTOS

(Esta es solo una propuesta argumentada. El texto de la carta se elaborará de común acuerdo con organizadores y, por qué no, participantes. ¡La paz es cosa seria... no puede convertirse en demagogia!)

El futuro de Colombia va a estar profunda y directamente relacionado con la capacidad que los colombianos tengamos de organizar la educación; la hija de la educación: la ciencia; y la hija de la ciencia: la tecnología. 


(Rodolfo Llinás, Documentos de la Misión de Ciencia, Educación y Desarrollo, Tomo I.)

Con estas palabras, hará dentro de poco un cuarto de siglo que nuestro más eminente neurólogo asumió El Reto de conformar la Misión de Ciencia, Educación y Desarrollo, o como la denominaron los medios desde entonces, la Misión de sabios, al lado de nueve ilustres colombianos más, entre ellos solo una mujer: Ángela Restrepo. Es lamentable que la carta de navegación diseñada por la Misión no solo cayera en el olvido “acumulando polvo en ilustres bibliotecas”, como dijera Carlos Eduardo Vasco, otro de los sabios; en realidad, el rumbo de Colombia se extravió. Una década después surgió el «Proyecto Ethos Buinaima», en un intento por rescatar y actualizar las recomendaciones de la Misión en el terreno educativo. Fue quizá un par de años después cuando por casualidad me encontré en La Habana con Gabo, otro de los Sabios. Su escepticismo no aceptaría reversa: “Colombia ya no tiene remedio”, me dijo lacónicamente. Con el paso de los años, el optimismo de Llinás, de Patarroyo y de casi todos los ex comisionados también sucumbió. Gabo murió antes de la reelección de Juan Manuel Santos, quien supo aprovechar el temor que generaba entre los electores un nuevo periodo uribista, por definición belicoso. “Preferimos la paz”, fue sin duda alguna el mensaje del electorado. Dudo mucho que la opinión de García Márquez hubiera sido diferente a la del escritor William Ospina en su momento. A este último se le criticó duramente su escepticismo frente a la reelección de Santos.
La pregunta que nos formulamos ahora los colombianos es qué tipo de paz se avecina para Colombia. ¿La paz simplemente significa que las FARC dejen las armas e ingresen a la política? Llinás habla en su texto de una  redefinición del desarrollo humano, un avance de la educación, la ciencia y la tecnología que genere un nuevo ethos cultural, “que supere la pobreza, violencia, injusticia, intolerancia y discriminación que mantienen a Colombia atrasada socio-económica, política y culturalmente”. (Llinás, op.cit.) El Reto,  como se titula el texto del promotor de la Misión, podría escribirse de nuevo en supuestas vísperas de la paz, sin necesidad de cambiar mayor cosa salvo la fecha (un cuarto de siglo después) y reconocer que las condiciones socio-económicas de la población marginada, la inmensa mayoría, se han agravado, que la calidad del sistema educativo ha empeorado, que la financiación del sistema de ciencia y tecnología, a pesar de que ha aumentado considerablemente el número de investigadores y de grupos destacados, pasa por un periodo crítico.
Por eso el I Congreso Internacional de Ciencia y Educación para el Desarrollo y la Paz, que se realizará en la Ciudad Universitaria (plenarias en el auditorio del Centro de Convenciones Alfonso López Pumarejo) los días 21 y 22 de abril próximo, debe empezar por enviar una carta abierta de los académicos y de los educadores al Señor Presidente de la República manifestándole nuestros temores, no frente a un proceso de paz al que apoyamos, pero sí por las acciones concretas que se han tomado por parte del Gobierno, o mejor la falta de acciones para que el postconflicto no se convierta en un receso del conflicto que puede tender a agravarse si las condiciones sociales (y ambientales), como ha ocurrido, siguen empeorando. Es pertinente lo que ha retomado el Rector de nuestra Alma Máter, profesor Ignacio Mantilla, en su reciente nota publicada en El Espectador: ¿Propósitos nacionales o proyectos editoriales? refiriéndose a la educación superior. Utilizando sus palabras en un contexto más general: estaremos produciendo en el año 2035 un nuevo documento de otros autores (todos distintos, porque algunos de nuestros sabios, o ex-sabios, como jocosamente suele decir ahora Vasco, no habrán sobrevivido al paso de los años, y los sobrevivientes estarán tan escépticos como Gabo, Llinás y Patarroyo), para plantear las metas que la educación, la ciencia y la tecnología  deben alcanzar en 2050, que recoja las recomendaciones de una Nueva Misión de Sabios, anhelos que debieron hacerse realidad antes de que fuera demasiado tarde.
Impulsemos una reflexiva carta abierta al Señor Presidente de la República para que tome en serio el asunto de la paz: sin desarrollo, es decir, sin educación, ciencia y tecnología que lo facilite, sin un desarrollo que sea a la vez humano, integral, equitativo y sustentable, como proponía la Misión hace un cuarto de siglo, la retórica de la paz será vacía. Por el contrario, puede surgir un conflicto de mayores proporciones que nos impida el desarrollo en los siguientes 50 años. En ese sentido, aunque no comparto del todo sus opiniones, acojo las críticas que el profesor Carlo Toñati formula en su columna Colciencias sin postconflicto. 

sábado, 20 de febrero de 2016

LA SEMANA CAMILO TORRES: un cuarto punto de vista



un cuarto punto de vista
quiere decir que hay otros 3: 1) los amigos de Camilo (de alguna manera me incluyo); 2) los revolucionarios camilistas (en la actualidad, la mayor parte de este grupo no lo conoció; no me pregunto qué tanto hayan estudiado su obra, mucho menos comprendido o estén dispuestos a reconocer que puede tener errores); 3) el que parece haber adoptado la Universidad Nacional, o mejor, sus directivas. Si adoptara este último, para mi gusto se quedó corto. Por eso habrá que hablar de un cuarto punto de vista. Puede haber muchos más, como el que asume en su columna Mauricio García Villegas.
Hubiera podido contentarme con el primero, pero mi carácter de académico (crítico), de alguna manera científico (aunque ya no esté en la mejor etapa de mi productividad científica..., pero eso está por verse... la inevitable neurodegeneración todavía no ha hecho estragos, creo yo), me obliga a terciar en un debate del que participo concientemente.
Cada cual tiene derecho a recordar a Camilo como le parezca mejor. Los que no lo conocieron o los que no saben de él, deben examinar si vale la pena o no recordarlo. La Universidad Nacional dijo reconocer en él a uno de sus profesores, capellán además, quien contribuyó a crear el Departamento de Sociología. El ELN y sus partidarios quisieron causar un impacto; me temo que no lo lograron. Hace 50 años debieron hacer un gran esfuerzo por salvarle la vida, pero lo querían mártir, y ni siquiera eso obtuvieron. Camilo fue una víctima de su compromiso con el pueblo... se dejó acorralar por el enemigo (suyo y del pueblo), su táctica no sirvió a la estrategia. No quiero entrar en la polémica de sus diferencias con el PCC. Hay otros grupos revolucionarios que también lo critican. En principio, defiendo que uno tiene derecho a dar la vida por sus ideales, pero debe preguntarse también a quién le está sirviendo cuando lo hace.
Me identifico con todos los puntos de vista que quisieron recordar y honrar la memoria de Camilo, su paso por la Universidad y su paso a la posteridad. En esa medida, no podré estar de acuerdo con quienes criticaron que se haya hecho una celebración o conmemoración. Pero los respeto. Con lo que no puedo estar de acuerdo es con la ingenuidad de mi colega columnista. ¿Solamente merecen reconocimiento de la academia quienes hayan hecho enormes aportes intelectuales a esa academia? ¿Qué son grandes contribuciones al pensamiento académico? ¿Quién define cuándo una ideología vale la pena intelectualmente y cuándo no? En ciencias naturales es relativamente fácil juzgar la verdad o falsedad, al menos provisional, de una verdad. Supongo, no soy del área, que en las llamadas sociales o humanas es más difícil... todavía más lo es en el arte. Cuando se habla de ciencias políticas o de ciencias económicas, ¿qué tan científicas son, desde el punto de vista de las verdaderas ciencias duras, para no hablar de otras miradas que pueden ser críticas de sus enfoques no siempre rigurosamente científicos?
Si la experiencia es árbitro inescapable  de la verdad o falsedad de una teoría, creo que las teorías económicas sobre el capital que se formulan desde el capitalismo hace mucho que demostraron su falsedad. ¿O no? Pero se siguen otorgando premios Nobel a teorías económicas con ese enfoque.

miércoles, 21 de octubre de 2015

NO BASTA CON LA TECNOLOGÍA. EL DEBATE ACERCA DE LA VIGENCIA DE LAS HUMANIDADES, EN EL CONFLICTO Y EL POSTCONFLICTO, DEBE CONTINUAR

Aunque se nos ha dicho que se están priorizando las áreas de ciencias y de tecnología sobre las sociales, para estimular a los posibles candidatos a doctorado porque aquellas supuestamente son poco atractivas, tampoco la inversión en las denominadas Ciencias Productivas es la adecuada.  
El debate sobre la calidad de algunos de los productos de las ciencias humanas puede continuar, como debe ser y como puede adelantarse también sobre la pertinencia de otros que se ofrecen en carreras de corte tecnológico. Los currículos todos y a todos los niveles siempre estarán sujetos a discusión y actualización. Es cierto que los programas más ofertados en las denominadas universidades de garaje son más en las áreas de humanidades. Pero no se puede escudar en lo anterior o en las miradas controvertibles de algún líder despistado en países desarrollados para eliminar de entrada la importancia de las ciencias sociales en un país con el más largo conflicto armado del continente.
La mala hora de las humanidades titula su editorial El Espectador del 14/10/15. No es solo una mala hora para las ciencias sociales, es un mal presagio para el éxito del postconflicto, como lo señaláramos en la columna anterior. Que Japón se atreva a hacer recortes en humanidades, en un país que de alguna manera superó los efectos de la Segunda Guerra Mundial y en donde la violencia, la corrupción y la injusticia social, en términos generales la desarticulación social, no tienen rastros de comparación con lo que ocurre en Colombia, es su problema; mas no puede tomarse como ejemplo para el país más inequitativo de la región latinoamericana, inequidad que tiene raíces profundas en un desarrollo histórico caracterizado por la falta de visión de nuestra clase dirigente.

Fue sano el debate en el programa «Las Claves», de Canal Capital, conducido por María Elvira Samper, sobre “Educación superior y el rol de Colciencias”, en el marco de la polémica sobre las Convocatorias de Colciencias. Era claro que nuestros colegas estaban hablando con un gerente (el subdirector de Colciencias), como se habló con una gerente cuando la directora (o gerente) de la Cámara de Comercio estuvo en el MEN, y tal vez ese sea el papel de la actual Ministra de Educación, quien prefiere un modelo tipo SENA para la educación superior en Colombia. Buena noticia fue el compromiso de los directores del programa de continuar el debate.
Difícilmente conducirán a buen término las próximas décadas de postconflicto, si es que por acuerdo entre gobierno y guerrilla se logra poner término feliz a las negociaciones. Recuérdese que el conflicto no es solo la guerrilla, las causas del mismo son más profundas y es lo que no quieren reconocer los partidos políticos anclados en lejana época de la supuesta (post)independencia.
Estas reflexiones son de un físico teórico, escandalizado por el hecho sin precedentes de que funcionarios del Gobierno, que se dicen del área de las humanidades, desconocen la importancia de las ciencias sociales.
Quisiera ir más allá en mis reflexiones y afirmar taxativamente que el problema no es solo de si se apoyan o no estos o aquellos doctorados. En educación, para que esta cumpla su papel social (no solo la preparación de técnicos para las multinacionales y de políticos venales para la administración del Estado, que es a lo que aspira la clase dirigente hipotecada al pensamiento hegemónico), tendrá que pasar más de una generación. Sin las luces de las ciencias antrópicas, podemos garantizar que el conflicto continuará, no importa cuantos acuerdos se firmen.

sábado, 17 de octubre de 2015

¿EL FIN DE LAS HUMANIDADES ANTES DEL POSTCONFLICTO?


La Mala Hora de las Humanidades
Así se titula un editorial de El Espectador esta semana y concluye:
"En una coyuntura de posible posconflicto, con la oportunidad histórica de reinventar el país y traerlo a la modernidad, se necesitan, por igual, científicos de todas las ramas del conocimiento que nos ayuden, sí, a construirnos y volvernos más productivos, pero también a entendernos y sanar las heridas del pasado".
Es para preocuparse. Sin haber iniciado la era del postconflicto, Colombia sigue al pié de la letra la recomendación del neoliberalismo que tan traumáticas consecuencias ha tenido para el siglo XXI: solamente tiene sentido lo que es rentable y productivo, lo que se mida por el aumento del PIB (Productor Interno Bruto). Se olvida que un desarrollo a escala humana exige equidad, integralidad y sustentabilidad, por lo menos.
Es mal síntoma a nivel mundial que el ministro de educación japonés haya tenido la desfachatez de pedir a 60 universidades cerrar carreras de ciencias sociales y abrir “áreas que respondan mejor a necesidades de la sociedad”. A priori se juzga en este esquema productivista que el crecimiento se mide en términos de rentabilidad. La crisis actual de los países europeos es consecuencia de lo mismo. No es mi intención analizar ese fenómeno lejano que sacude nuestra economía, ni siquiera analizar la desafortunada declaración del nipón. Ellos, europeos y japoneses, tienen parcialmente resueltos gran parte de los problemas de la seguridad social y el esquema educativo mal que bien les viene funcionando. Quizá por eso surgen teorías como la del nipón-norteamericano Fukuyama (El fin de la historia) que pretenden ser la última en lo que respecta a las ideologías. Como acertadamente señala nuestro colega Mauricio García Villegas, fue la misma Academia de los Estados Unidos la que se encargó de demostrar que no hay tal teoría final. Tampoco la hay en física, la más fundamental de todas las ciencias de la nueva era.
En Colombia, por el contrario, ni siquiera se han resuelto problemas más elementales como la tenencia de la tierra. Supuestamente ad portas de la era del postconflicto, pareceríamos ignorar el origen del mismo.
Es mucho peor que en (el resto de) el mundo civilizado el trato que se le da a las ciencias antrópicas en Colombia. El manejo que Colciencias le ha dado al tema de financiación de los doctorados y las declaraciones del subdirector: "Sí hay una política. No es velada. Es explícita. Está en los criterios de evaluación de la convocatoria", debería generar un rechazo masivo y una defensa vehemente de las humanidades.  Nada más desacertado para el país más inequitativo de la región que no sale aun de la guerra, con la corrupción campeante, la injusticia social en aumento, la politiquería rampante y el deterioro ambiental causado por la minería y otros factores en ascendente crecimiento, proponer explícitamente que se dé poca importancia a las carreras de Ciencias Sociales, como si no fueran de su incumbencia las causas y los efectos de un perverso manejo del poder económico (y militar).
Los escenario posibles del postconflicto, por ende el futuro del país, están peligrosamente amenazados con "el fin (anunciado) de las humanidades". Es el fracaso anunciado de la era del postconflicto.
COLETILLA: El Primer Congreso Internacional de Ciencia y Educación para el Desarrollo y la Paz que se había anunciado para fines del próximo mes, ha sido aplazado para el mes de abril de 2016, una fecha más pertinente y favorable por razones que se expondrán próximamente (en esta misma columna).